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| Palomas en la Plaza de La Paz |
No tendría Desagüadero el ambiente de...
mercadillo andino que observamos a la vuelta tres días después quizás porque era un día desapacible y poco soleado. Habíamos entrado a un país más sucio y más pobre del que veníamos y como comprobaríamos enseguida, con algunos problemillas de índole política. Ahora, eso sí, un país único y maravilloso.
Cogimos el autobús en Puno, ciudad peruana a orillas del Titicaca, donde parten los barcos que llevan a las Islas de los Uros y a la Isla Taquile. El bus era un Royal Class de la sempiterna “Ormeño” empresa de transportes peruana que nos acompañaría por nuestro periplo a través de estas tierras andinas. Habíamos decidido bajar también a la Paz, porque aparte de nuestra curiosidad por conocerla, estaba la alegría que da al viajero el atravesar una nueva frontera, y en concreto a mí, por conocer el país donde quiso hacer la Revolución el Ché y que terminó con su vida. En nuestra mente estaba también el bajar hasta Potosí, Sucre y sobre todo, al Salar de Uyuni, pero como siempre el poco tiempo con el que contábamos no era nuestro mejor aliado y los acontecimientos políticos que nos tocó vivir en “La Paz” nos hicieron desistir de tal propósito pues el día 30 de Agosto teníamos que estar en Lima para coger el vuelo de vuelta a casa.
Viajar en autobuses locales siempre es fascinante a mi modo de ver y sobre todo por estos países donde el individualismo del coche todavía no es el amo de las carreteras ni de sus gentes. Se saborea mejor el ambiente del país que se visita, te mezclas más con sus habitantes y además puedes a través de su ventanilla impregnarte del paisaje por el que ruedas….
….Y el paisaje del altiplano es digno de ser pintado en el lienzo de la memoria.
A la izquierda el solitario Lago Titicaca con ese azul intenso a pesar del día nublado con el que habíamos amanecido y a la derecha el altiplano reseco donde salteando el paisaje de aquí para allá se podían ver pequeños caseríos de pastores hechos de adobe de color del terreno, en este caso amarillo grisáceo con tejados de paja. Las mujeres peruanas con el colorido típico de sus vestimentas y las “mamachas” con los niños colgados en la espalda no dejarían de sorprenderme nunca. Este colorido, por cierto, ya no lo veríamos en Bolivia con tanta intensidad, pues allí sus ropas son menos trabajadas y coloristas aunque, eso sí, los niños siempre a la espalda. Rebaños de ovejas y llamas ramoneaban tranquilamente en las llanuras.
Para variar, tuvimos percance con el “Royal Class” y paramos en un pueblo a medio camino pues parece que habíamos pinchado y había que cambiar las dos ruedas. Esto retrasó un poco nuestro viaje, pero allí los viajes y sobre todo el tiempo y los caminos tienen otra dimensión diferente a la nuestra: siempre es temprano para salir y la hora de llegada simplemente no existe, pero sobre todo a lo que hay que dar gracias es a que ningún percance nos desvíe de la ruta cosa un tanto difícil pues “casi siempre” ocurre algo. De vez en cuando en cada parada, los típicos vendedores de cualquier clase de alimento suben al autobús para buscarse la dura vida de cada día. Algunos suben con zumos rojos o amarillos en bolsas de plástico donde habrá que hacer algún pequeño agujero en la bolsa y a beber como si fuera una bota. Otras mujeres, y estas son las que mas me llamaban la atención, suben con su paquete en la espalda envuelto en el trapo típico que llevan, lo abren y dentro de él tienen un saco con patatas asadas y cordero también asado, pero no patatas como las nuestras sino otras de las muchas variedades que se cultivan por esas tierras y que en Europa no se conocen. Sacan un cuchillo de enormes dimensiones y en menos que canta un gallo cortan las papas y el cordero humeante metiéndolo en pequeñas bolsas de plástico y ofreciéndoselo a los parroquianos. Hacen un buen negocio en el autobús, aunque con nosotros poco, pues a mí por lo menos me daba no sé qué comerlo.
Y por fin distinguimos La Paz. La entrada por la zona de “El Alto” me encogió el alma. Es un pueblo dormitorio en construcción o a medio construir que para el caso es lo mismo, donde se nota que hay mucha pobreza. Se encuentra, como su nombre indica en un alto a la entrada de la ciudad que se halla debajo. Puede que esté a 4000 metros de altitud ya que La Paz es de las ciudades más altas del continente sudamericano (ojo con el mal de altura). Esta población es mas bien un asentamiento de gente llegada de las montañas o de comarcas mas deprimidas en busca de una vida mejor como debieron ser los barrios de Lima hace unos años donde la pobreza y el caos en las construcciones campan a sus anchas. Es un pueblo sin hacer con las casas nada más que con ladrillos y la mayoría sin cristales en las ventanas. El Alto seria dos días después, el lugar donde tendríamos que pasar bloqueados un montón de horas por culpa de una huelga de transporte que sumió al país y al gobierno del presidente Mesa en un caos total.
Mi primera impresión al llegar a La Paz se resume en dos palabras: desilusión y miseria. Pero poco a poco la ciudad me fue envolviendo calurosamente. Su inmenso bullicio callejero y sus interminables puestos de vendedores de cualquier cosa vendible me cautivaron y al cabo de unas horas me sentí atraída hacia esta ciudad, la capital boliviana, donde el caos circulatorio y de gente no deja tiempo a la distracción. La Paz es una inmensa feria ambulante típica de las ciudades donde la gente no tiene otro medio de ganarse la vida que lo poco que pueda dar la venta callejera.
Conseguimos hospedaje en el “Hostal Sagárnaga” situado en la calle del mismo nombre delante de un mercado muy curioso, el mercado de la hechicería, donde se venden figuras de Pachamamas (diosa Madre Tierra) y amuletos varios, incluidos fetos de llamas y numerosas yerbas para curar todo tipo de males. Estaba en el mismo centro de La Paz con lo que la tarde la dedicamos a pasear por la bulliciosa Avenida Mariscal de Santa Cruz y a visitar la fabulosa Iglesia de San Francisco.
Al día siguiente nos amaneció desapacible y lluvioso. Pero no era lluvia de chirimiri, sino una lluvia a mares que nos impidió hacer nada de nada, solo refugiarnos en una cafetería a la occidental para comer algo y pedirnos una infusión de nuestro mejor aliado por estas tierras: “el mate de coca”. Sin él nos era imposible sobrevivir en estas altitudes.
Una tarde dedicada a la escritura y a la lectura de la prensa local. Visitamos también la Catedral de La Paz una de las más bonitas y trabajadas de todos las Iglesias que hemos visitado en esta viaje. Creo recordar que tenía cinco naves y que todas las columnas de estas estaban unidas con arcos en los dos sentidos. Una joya arquitectónica. Ese día, y debido a la lluvia, no me fijé en LAS PALOMAS, pero si leí y no le di importancia que se avecinaba una huelga general de transporte por el aumento del combustible. Cual no sería mi sorpresa al enterarme a la noche en el hotel que al día siguiente no habría ni autobuses, ni taxis y por lo tanto ningún medio de salir de la capital hacia Sucre como teníamos pensado. Esta vez nos habíamos quedado bloqueados sin remisión en la ciudad aunque pensamos que sería sólo un día y que no tendría mas importancia pues nos permitiría disfrutar de esa hermosa ciudad sin el caos circulatorio que la acompañaba a menudo.
Y nos dimos nuestro merecido día de descanso. El día de la huelga salió limpio y soleado. Nos dedicamos a transitar por las calles vacías de autobuses y coches.
De arriba para abajo recorrimos esta ciudad en un día que parecía domingo. Los paceños abarrotaban las calles, pero era día de huelga y la policía impedía el paso a la Plaza de Murillo ya que en ella se encontraba el palacio Presidencial, objetivo de la marcha de los huelguistas. - es peligroso - nos decían. Visitamos diferentes museos comprobando in situ lo espabilados que son algunos policías pues tuvimos que dar una pequeña propina por, eso sí, su amena charla al policía de no sé que museo. Nos enteramos por él del odio visceral que tiene Bolivia hacia Chile debido a que éste último le arrebató el único pedazo de mar que poseía el país, odio que bien puede acabar en guerra según nos contaba el joven policía henchido de patriotismo. Una supuesta guerra que a mí me parecía un absurdo inmenso dada la delicada situación de este país, y, dicho sea de paso como todas las guerras.
De museo en museo vimos cuadros y más cuadros de escenas religiosas o escenas de la conquista. Y es que una de las cosas que más me llamo la atención de estos dos países, Perú y Bolivia es la religiosidad de estas gentes, con iglesias abarrotadas, sobre todo de juventud, a la hora de los oficios, cosa impensable aquí en España.
Por la tarde nos fuimos a la estación de autobuses de nuevo, por cierto tuvimos que ir andando debido a la huelga, para ver si al día siguiente podríamos salir de nuevo a Perú. Nuestra idea de bajar a Sucre ya estábamos viendo que era inviable, por el poco tiempo que nos quedaba y por el riesgo que suponía bajar tantos Kilómetros sin saber si podríamos volver. Pero al llegar a la estación nos llevamos una amarga sorpresa: la huelga se hacía indefinida. ¿Qué íbamos a hacer ahora? ; un día de asueto estaba bien, pero no podíamos quedarnos más pues teníamos que volver. Según nos comentó el dueño del hotel en el que nos alojábamos una huelga de este tipo fue la que determinó la huida del anterior presidente del gobierno Gonzalo Sánchez de Lozada con no sé cuantos miles de dólares a Miami. Nos temíamos que el conflicto no se solucionara tan fácilmente. Los piquetes impedían que cualquier autobús, taxi o vehículo rodante se internara en el asfalto. La verdad es que esto comenzaba a ponerse feo.
Decidimos madrugar y arriesgarnos a coger un bus que nos llevara a Tihuanacu, cerca de la frontera con Perú donde están las excavaciones de la capital que hace mas de dos mil años acogía a la cultura Tihuanacu, civilización anterior a los incas y donde decían sé habían encontrado los restos de la Pirámide mas grande de Sudamérica todavía sin excavar, para de ahí pasar a la parte boliviana del Lago Titicaca: Copacabana y la mítica Isla del Sol.
Y ahora me estoy acordando de aquella tarde de huelga donde descubrí las palomas. Esas palomas que acudían a miles como aquella película de Alfred Hitcoch “Los pájaros” y te asaltaban sin pudor cuando tirabas miguitas de pan o incluso sin pan, con el solo movimiento de tirarlas. Nunca he visto palomas iguales, con tanto ímpetu, sin miedo al ser humano y tan hambrientas,
Quizás metáfora de un pais que busca su hueco en la modernidad y anclado en tradiciones ancestrales anteriores al incanato. Un país , Bolivia, cuyos habitantes tienen todavía una visión del mundo mitológica, con esos primeros reyes incas surgidos de la Isla del Sol y del Lago Titicaca para fundar su imperio en el ombligo del mundo: Cuzco, por encargo de su padre “El Sol”; esa planta mágica y poderosa que es la hoja de coca, venerada desde siempre y objeto hoy de codicia por los magnates del dinero fácil en el mundo entero.
Al día siguiente nos levantamos temprano, teníamos que salir de La Paz como fuera. Así que cogimos y nos fuimos en un taxi que se atrevió a desafiar a los huelguistas (y por ende a darnos el palo de su vida) que nos llevó a una estación en el barrio del cementerio, barrio en el que había que andar con cuidado según nos avisaban las guías. Era temprano, quizás las ocho de la mañana. La gente ya andaba por las calles al quite. Logramos llegar a la estación que era un local de la empresa de autobuses de allí que hacia el recorrido por los pueblos para los parroquianos. Nada que hacer, estaba cerrada. De pronto empezó a llenarse el barrio de piquetes con palos, que no dejaban que ningún coche, taxi o vehículo con ruedas circulase, invitando a los conductores a que bajaran para recriminarles violentamente que se fueran. La cosa se empezaba a poner fea y éramos los únicos extranjeros por la zona, así que, disimuladamente, cogimos nuestras mochilas y sin llamar mucho la atención nos fuimos alejando de la zona conflictiva.
Llegamos a la estación general de autobuses y conseguimos subir al único que iba hacia Puno de nuevo. Éramos solo unas diez personas y el conductor nos aseguró que pasaríamos “el Alto”, que era la zona donde más se dejaba notar la huelga y sus piquetes y al cual creímos, porque el autobús era “Ormeño” o sea peruano. Poquito a poco fuimos saliendo de la Paz, despacio, sin casi vehículos circulando, cruzando los dedos para que no hubiera ningún percance y……¡casi lo logramos!!, pero al llegar al Alto la multitud no nos dejaba pasar, hacían barricadas con piedras enormes para que no pasara el autobús y al final empezaron a tirarlas a las ventanillas. El conductor paró en una gasolinera y nos anunció la buena nueva:
- “señores, aquí nos quedamos hasta que la cosa se tranquilice y nos dejen pasar”
- y eso ¿cuándo será?
- Pues cuando ellos quieran…
Así que de “perdidos al río” como se suele decir y dedicamos el día a pasear por el Alto, a perdernos en sus calles y entre sus gentes, para arriba y para abajo, observando a los piquetes, y esperando que la cosa se nos solucionara por lo menos en el día. Es decir, nos dedicamos a “serendipear”.
Y a última hora de la tarde la huelga se relajó y despacito fuimos abandonando La Paz, el Alto y poniendo rumbo a Tihuanacu, donde llegariamos antes de que se hiciera de noche. Pero esto ya pasa a ser el siguiente capítulo de nuestro viaje, donde comentaré la grandeza de las ruinas de un imperio perdido y el misticismo de este pequeño pueblo en el medio del Altiplano andino, donde casi se toca la energía del universo y se siente ese cosquilleo que provoca el misterio ante lo grandioso e inexplicable, como en el Macchu Picchu.
Pasados unos meses de este viaje, veo con tristeza que en Bolivia se repiten los acontecimientos que relato en este capítulo y como siempre en estos casos pienso que no es que la historia se repita, sino que somos los mismos protagonistas.
Ojala encuentren pronto su equilibrio.
Días 24, 25 y 26 de Agosto del 2004 en un viaje por Bolivia
Fecha:
July 2004
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